Exposición Vejer Campo-Adentro de Manuel Manzorro

Museo de Vejer. Del 6 al 31 de Agosto.

 

El mundo de Manzorro

 

Por Aquilino Duque. Poeta y escritor

 

En un homenaje reciente que se le hizo en su Vejer natal, Manuel Manzorro dijo que él era poco lo que tenía que decir de su vida y es que, aunque no lo dijera, porque fue muy breve, era su obra su única historia personal. Siempre digo que no somos como nos vemos en un espejo, sino como nos ven los demás. 

Vida y obra son una misma cosa y lo que el artista silencia por pudor o por modestia, la obra lo proclama a los cuatro vientos. Yo no sé cuándo Manzorro empezó a interesarse por las artes plásticas, porque cuando lo conocí, que fue en Madrid hacia 1959, fue como beneficiario de una modesta beca del Ayuntamiento de su pueblo. Debió de ser en el Instituto de Cultura Hispánica, donde Fernando Quiñones ejercía de introductor de embajadores de inmigrantes de ambos hemisferios a quienes buscaba alojamiento, empleo, covachuela o sinecura en la Villa y Corte y denominaba genéricamente su “discipulado”.

La provincia más favorecida era la de Cádiz, y en especial la Tacita de Plata. La primera oleada fue la del grupo Platero, una vez bien situado Fernando en Selecciones del Reader’s Digest, donde metió a Serafín Pro Hesles y a Felipe Sordo Lamadrid. La segunda oleada era ya ajena a la fenecida revista gaditana, y la componían entre otros el guitarrista Castañeda, el rapsoda Servando Carballar, el pintor Copano y el escritor Eduardo Tijeras, empleado de la RENFE que había conseguido el traslado a Madrid.

Yo venía de Alemania y paraba en la Dehesa de la Villa, no muy lejos de Quiñones, que estrenaba familia propia. Manzorro era nuevo en la plaza y dejó de serlo una noche en que, al rematar la velada en la plaza de la Marina Española, donde se alojaban Copano y Tijeras, descubrí que tenía en común con él el roce con los sevillanos que, él en la Escuela Superior y yo en la de Artes y Oficios, habíamos tenido por compañeros o maestros. A algunos de estos se puso a imitarlos, y con tal propiedad, que no creo haberme reído tanto en mi vida. El recién llegado con todo el pelo de la dehesa nos dejó pasmados a todos y tan pronto salía con unos cantes antiguos como pegaba un salto y con un solo brazo se colgaba de una rama.

El poeta del Puerto José Luis Tejada, que también se haría gran amigo suyo, me decía: “ ¡Es que enteramente parece que acaba de soltar el azadón!” Él mismo repetía un dicho de su pueblo: “¡Tiene eze cazi más juerza que er zagá de Diego!”

Pronto compartiríamos alojamiento en los dos años que pasé en Madrid, pues él se daba traza y modo para encontrarlo en el casco urbano y a precio asequible y me hizo mudarme el primer año desde la remota Dehesa de la Villa, lindando con el encinar de El Pardo, y el segundo desde el final de la calle General Mola.

En los años pasados fuera de España he conocido a compatriotas que presumían de haber compartido cuarto en un Colegio Mayor con Olivencia o celda con Tamames en Carabanchel. Yo en cambio presumo de haber compartido pensión con Manzorro en casa de doña Carmen en la calle Argumosa y en la de doña Juanita en la calle Moratín.

Manzorro no tardaría tampoco en levantar el vuelo, gracias a la Fundación March que lo pensionó tres veces y la primera vez que nos reunimos en el extranjero fue cuando vino de París a pasar unos días a Ginebra y lo llevé al caserío del Jura donde María Zambrano vivía como Heidegger, emboscada con su hermana y con sus gatos. Ya había estado en el Canadá y era padre de familia cuando en alas de la March apareció por Roma, donde yo ahora vivía, en la feliz coyuntura de la concesión del premio nacional por una novela en la que le debo a él algún que otro personaje.

En todas estas visitas me dejaba grabados, aguafuertes y, ya en Moratín, me retrató de cuerpo entero y con mirada torva. (Como dije más arriba, no somos como nos vemos, sino como nos ven los demás). Aún vivía yo en Suiza cuando me pidió unas palabras para el catálogo de una exposición malagueña, poca cosa para una obra tan variada y perseverante como la suya y menos mal que, ya en España los dos, en exposiciones suyas en Rota, en El Puerto de Santa María, en Conil tuve ocasión de presentar el acto de viva voz. 

En los días aquellos de Ginebra me hablaba Manzorro, que no tenía más fortuna que la beca del momento y en París le venía más bien justita, de un campito a las afueras de Vejer atravesado por un arroyo y desde el que se veía el pueblo en lo alto y que tenía en su punto de mira. Manzorro tenía a sus espaldas, de sus años de trabajo y aprendizaje continuo, lugares de los tres continentes que llegaban desde Nuevo Méjico a Formosa, pasando por el Barrio Latino, la Cartografía Nacional, el Pabellón de Chile, el Testaccio romano, Barbate… y para mí fue una alegría ver cómo en Santa Lucía, al pie de Vejer, se había hecho realidad aquel sueño, entonces inverosímil, de que me habló en Ginebra.